Deportes del futuro: película “Rollerball”

Lejos quedaron los tiempos cuando los deportes eran practicados solo por diversión o como forma de enaltecer cuerpo y espíritu. Hoy van más allá de su sentido lúdico y sirven como herramientas de grandes empresas que los utilizan, por ejemplo, con fines comerciales, políticos o propagandísticos.

Esta es la visión que presenta la película “Rollerball” (en Latinoamérica, “Gladiador del futuro”), de 1975, protagonizada por James Caan y dirigida por Norman Jewison. La historia está ambientada en un futuro para nosotros pasado 2018, año en que el mundo ya no está dividido en naciones y donde la pobreza, la enfermedad y la guerra han dejado de existir, por lo que la humanidad goza de bienestar y prosperidad.

Una entre tantas diversiones que la gente de ese futuro disfruta es el rollerball, deporte ficticio que tiene dos propósitos fundamentales: canalizar la violencia que la naturaleza humana no puede desfogar ante la ausencia de guerras y conflictos en su mundo “perfecto”, además de demostrar que el esfuerzo individual carece de valor si no está al servicio de un objetivo colectivo.

El rollerball, sustituto de los antiguos deportes de conjunto, es una extraña mezcla de motociclismo y hockey sobre hielo con elementos de otras disciplinas. Se practica en una pista peraltada similar a la del ciclismo. Compiten dos equipos, entre cuyos integrantes hay algunos que van en motocicleta y los demás en patines, todos “protegidos” con cascos parecidos a los del futbol americano. El objetivo es atrapar, con una especie de manopla, una bola metálica un poco más grande que la de beisbol que, tras ser lanzada por una máquina que la pone a rodar por la pista como en una ruleta, debe ser introducida en un orificio para marcar un gol. Las motos son empleadas para remolcar a los patinadores y que adquieran mayor velocidad.

El equipo que atrapa el esférico tiene el turno a la ofensiva, y el rival debe impedir a toda costa que el contrario anote. Para lograr el objetivo, tanto al ataque como a la defensa, se permite utilizar la rudeza, incluso la agresión directa, por lo que no es raro ver a jugadores abandonar la competencia por lesiones que ponen en riesgo su salud y su vida, sobre todo cuando resultan arrollados por las motocicletas contrarias, pues este es un recurso reglamentario para detenerlos. Todo esto enardece a los aficionados, por lo que tampoco es extraño ver violencia en las tribunas.

El protagonista de la historia es Jonathan E. (Caan), estrella del Houston, equipo campeón del mundo, que ha forjado una brillante trayectoria de diez años en el rollerball, más tiempo que ningún otro jugador. Sin embargo, en la cúspide de su carrera y adorado por la afición, recibe la orden de parte de los directivos de la Energy Corporation, una de las empresas creadoras y dueñas del rollerball, de, tras un homenaje televisivo para enaltecer su brillante trayectoria, anunciar su retiro del deporte.

Asombrado por esta instrucción directa, Jonathan pide una explicación, pues no comprende por qué debe abandonar su deporte sin motivo aparente y en plenas facultades físicas para continuar. El único argumento que recibe es que son decisiones corporativas de las empresas que no solo controlan el rollerball, sino el mundo entero y el destino de la gente, y debe acatarlas por su bien y en agradecimiento por la riqueza que el deporte le ha otorgado.

Insatisfecho ante lo que le parece absurdo y en vísperas de ganar un nuevo campeonato con el Houston, Jonathan se revela y continúa jugando. Entonces la Energy Corporation decide obligarlo a retirarse cambiando las reglas del juego para que los rivales usen toda la fuerza necesaria para detenerlo.

Pueden encontrar “Rollerball” en plataformas de video bajo demanda y observar en su futuro, ya pasado para nosotros, muchos de los males que hoy aquejan al deporte: televisoras que “privatizan” torneos de futbol a través de sistemas de paga, empresas dueñas de personajes de luchadores que no pueden utilizar una máscara si no trabajan para ellas, que imponen su nombre a los estadios, el afán de comercializar todo lo relativo a eventos como el Super Bowl, jugadores vistos por sus equipos como mera mercancía y la violencia que pasa de la calle a las gradas.

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